sábado, 28 de julio de 2012

Tú lo sabes.


 Tú lo sabes.                                   Edith Moncada Monteiro
                        
                                                          Dentro de nosotros existe algo
                                                          que  no tiene nombre y eso es
                                                         lo que realmente somos.
                                                              José Saramago.


¡Mírame! Dijo sonriendo con un brillo especial en sus ojos verdes. Su cara de ángulos finos, presentaba una expresión que encandilaba.
_ ¿Qué te sucede?  ¡Estás temblando!
No contestó. La abracé riendo y besé sus labios. Cuéntame. ¿Qué pasa?
Vengo del médico, susurró. ¿Y? ¡Estoy embarazada, amor!
Me envolvió un frío que caló mis huesos y no se que expresión vio en mí, que dio un salto hacia atrás, se llevó las manos a la boca y me miró atónita.
¡No! dije No es posible. Un hijo ahora. Sería fatal. Debes  abortar Margot. No puedes tener un bebé, aún no es tiempo. Y pateé el suelo, de cólera. Ella lanzó a correr calle abajo. Margot grité, ya no escuchaba.  Una nube negra ocultó la luna, y en ese instante la perdí de vista.
Me quedé allí sin saber qué hacer. ¿Cuánto rato pasó? Tal vez unos segundos, pero lo sentí como una eternidad. El destino se reía de mí.
Había sido aceptado en la universidad, contaba con la beca y partiría a la capital a estudiar medicina. Sería médico como mi padre. Siempre lo había deseado. Y nada lo impediría. ¡Nada!

Con Margot nos habíamos criado juntos en el pueblo. Era mi adoración, pero un hijo ahora, no era posible. Esa noche hablé con mi padre. Y le pedí que me ayudara. El escuchó cabizbajo. Un hijo es algo serio. No puedes pedirle a Margot que aborte. Es una niña, podemos buscar otra solución. No quiero otra solución. Debo irme a estudiar tranquilo. ¡Padre comprende, ayúdame! Tú eres médico, haz que aborte, yo volveré y podremos casarnos y tener muchos hijos. Leo hijo, debemos considerar su opinión. Tú no puedes decidir por ella. Me enojé, grité, y mi padre en silencio. Toma el teléfono Leo, llámala, dile que venga. Hablaremos los tres. No va a venir padre, es terca, la conozco. Entonces ve tú, y tráela. Esta noche no, lo haré mañana. ¡No!, dijo mi padre,  sal a buscarla.  Mal humorado maldiciendo mi suerte, di  un portazo al salir. Margot, herida no quiso recibirme. Volví a mi casa y empaqué mis cosas. Yo me iría a la ciudad, debía estar allí en dos días.
De seguro mi padre la convencería, y todo pasaría pronto, además ella debía terminar el colegio, tenía dieciséis años. Toda una vida por delante. Y yo comenzar mi carrera. Era lo más importante.
La mañana que tomé el avión estuve solo. Nadie me despidió. Margot no quiso saber de mí. Emprendí el vuelo, tratando de no pensar, me sentía mal, pero no podía echar pie atrás.
 A los pocos días recibí carta de mi padre. Decía que no me preocupara. Ocúpate de tus estudios, a eso dedica todo tu tiempo. “Margot no espera ningún bebé”, pero sí, debes prepararte para calmar su dolor.
Me sentí aliviado.
 La vida de estudiante universitario, me absorbió por completo. Confieso que escribí dos o tres cartas a Margot, después simplemente no contesté a ninguna, las fui guardando y nunca las leí.
En los veranos  me quedé trabajando en la ciudad, evité  volver al pueblo. Llamaba a mi padre por teléfono y así manteníamos  nuestra comunicación. Me olvidé de Margot. Los estudios  intensos no me daban tregua. Sin darme cuenta me fui quedando en la ciudad año tras año. Hasta que obtuve mi título.
 Conocí a Carolina, elegante, sofisticada, pediatra, dos años mayor que yo. Su personalidad arrebatadora, me enamoró. Después de un año de romance decidimos vivir juntos y nuestra vida  es perfecta.
Hoy después de un intenso día, me he tirado en el sofá, deseo descansar. Carolina tiene turno en el hospital, y no llegará hasta mañana.  Con un vaso de Whisky en la mano, observo por el ventanal la luna. Estoy a oscuras, anocheció. Esa luna, me ha traído el recuerdo de Margot. Así estaba esa noche de nuestra última conversación. Evoco sus ojos verdes, los veo tristes, una extraña sensación me invade, nunca antes la tuve. Pensar que  no me ocupé de ella. Seguramente se casó, tiene una vida hecha, y  feliz. En el fondo de mi alma deseé que así fuera. Quizás para sacarme la culpa que estaba sintiendo, para expiar mi falta y abandono, bebí unos sorbos y se presentó en mi mente mi padre.  Qué ingrato he sido, aunque se que está bien, no me he ocupado de visitarlo. Una llamada telefónica me saca de mis pensamientos, sobresaltado me refriego los ojos, decido no contestar. Tal vez sea una atención domiciliaria, no quiero atender, está noche estoy sumido en mis recuerdos. Bebo otra copa, subo al dormitorio, y me tiendo en la cama.
En la mañana ha vuelto a sonar insistentemente el teléfono. Me avisan que tratan de ubicarme, mi padre está mal. Carolina mi mujer, prepara mi equipaje, volaré en la tarde.

He llegado al pueblo, parece que el tiempo se hubiese detenido. Todo está igual. La tarde brumosa me recibe, siento como si volviera al pasado. Detengo un taxi y me dirijo a casa.
Noto que la puerta está entre abierta, como esperándome. Avanzo, recorro la casa, está fría. Por el pasillo, veo una tenue luz, es el resplandor de un cirio encendido, viene del dormitorio de mi padre. Al entrar lo veo sentado en la cama, sonriéndome. Alarga sus brazos para abrazarme. ¡Hijo, por fin has llegado! Sus ojos se ven  vidriosos  y apagados. Su palidez es extrema. Acerco una silla, y me coloco frente a él. Siempre  sonriéndome,  con esa generosidad en la mirada  que lo caracteriza.
Necesitaba verte hijo, explicarte algunas cosas, hace  tiempo que debí hacerlo. Padre digo intentando pedir disculpas.
Hijo entiendo, la vida es difícil, te lleva por extraños senderos, pero al final te devuelve al lugar de partida. Se que ya eres  médico, te has esforzado para lograrlo.
Supe que te has comprometido. ¿Ella ha venido?  No padre.  Es mejor así dice  sonriendo.  ¿Tienes hijos leo? No padre, es algo que no, nos preocupa.
¿Has pensado alguna vez en Margot? Lo preguntó así sin preámbulos. Padre es algo que me avergüenza, y no se cómo remediarlo.
Ella siempre esperó por ti, nunca te olvidó. Me puse de pie y caminé por la habitación. Él notó mi nerviosismo, y dijo: Leo, ¿ves esa cajita azul  encima de la cómoda? Pásamela, ¡por favor!, tengo allí algo para ti. La abre y saca una medalla con una cadena, la pone en mis manos y dice: mañana, la abres. En ese instante escucho el reloj de pared dar las seis con treinta. ¡Ese viejo reloj me recuerda mi niñez!
 Obedezco y la guardo en mi bolsillo. Sus ojos inspeccionan, y con voz quejumbrosa murmura: ¡Ella se fue esperándote!  Desde que partió no he podido recuperarme. Estaba bien ¿sabes? Y de un momento a otro, su corazón dejó de latir. Sólo tenía veintiocho años.
Siento que  falta el aire, me quedo sin palabras. Me acerco a él y le digo. ¡Padre perdóname! Hijo, no tengo nada que perdonar. Escucho su voz diciendo: “Fuiste su gran amor” Bueno, eso: “Tú lo sabes” Bajé la mirada.
La tos de mi padre no lo deja seguir. Y entre tos y tos dice: Leo hay una pequeña herencia, está en un seguro de vida que tomé hace algunos años, quiero que te hagas cargo, por si algo me pasa.  Esa herencia tiene un destinatario. Ahora ve al hotel del pueblo hijo. Allí estarás cómodo. Vuelve por la mañana.  Pregunto: ¿Alguien te cuida padre? Sonríe, no necesito cuidados.  Sólo, quiero descansar, déjame por esta noche,  ya por la mañana   estaré bien.  Lo abrazo y prometo volver temprano.

Mi cabeza va a  estallar. Margot  muerta.   ¿Por qué? ¿Qué había sucedido…? Mañana tendríamos  mucho de qué hablar.  Buscaré su tumba, me dije y   pediré  perdón  si es que existe el perdón.
Esa noche  dormí mal,  mi cabeza daba vueltas y los pensamientos  no me dejaban descansar.  Tenía un infierno en mí. Al amanecer no pude más, me metí al baño, y me di una ducha fría,  debía tener mi mente fresca.  Tenía mucho que hablar con mi padre.
 Al salir del hotel, un taxi me recoge, son las ocho con menos diez. Ya en  casa, empujo la puerta no abre tiene cerrojo. Me desconcierto. Una voz a mi espalda dice: ¿Leonardo?  ¿Eres Leonardo Viae? ¡Sí!, digo, el mismo. ¡Hombre, eres igual a tu padre cuando tenía tu edad! ¿Me recuerdas? Trato de recordar. No importa, dice yo sí, te recuerdo.
 Me abraza. Mi más sentido pésame. Tú padre fue un hombre excepcional. No, digo, mi padre no ha muerto,  Está enfermo eso sí. Anoche estuve con él.
¿Anoche? Siento decirte que eso no es posible, tu padre falleció anteayer. Desde ayer en la mañana, está siendo velado en la capilla “Nuestra Señora de la Misericordia
Intento explicarle que hay un error, yo estuve ayer con él, estuve en su dormitorio y conversamos, busco en mi bolsillo la prueba, me entregó esta cadena,  el reloj de pared justo marcó las seis con treinta.  Lo recuerdo perfectamente.   La puse en su mano, y él dijo; “Margot y Leonardo”  El chico tiene doce años, pero claro, eso tú lo sabes, si es tu hijo.  Ven vamos a la capilla,  verás al niño, nadie ha podido sacarlo del ataúd de su abuelo. Pobre niño, ha sido un duro golpe, primero su madre y ahora su abuelo Los tres eran uno sólo. Pero por suerte  ahora te tiene a ti.




 Autor: Edith Moncada Monteiro