miércoles, 5 de septiembre de 2012

La señora del collar de perlas.


                                                Edith Moncada Monteiro               
                                                          

                                                Cada perla es un beso. 



Y en medio de la discusión, sobre la legitimidad o no de las perlas, me  sentí presa de un escozor, que mantuvo mi mentón por un instante tembloroso, logré disimular, cogiendo entre mis dedos las  perlas del collar que cubría mi cuello. Quise levantarme e  ir  a  cubierta, para tomar aire fresco, justo en ese instante, el Sr. Kelada, aseguró  reconocerlas. Mis ojos  mantuvieron la mirada de frente y con modestia, dije,  que eran falsas, pues las había  comprado  ayer  mismo, al pasar por una tienda.

_ ¡Le dije hombre! , imposible  no serlas, aclaró, mi esposo en un tono burlón.

Sin embargo, este hombre, me dio una mirada inquisitiva, le devolví su mirada  suplicante, y me dije, por favor, que no siga,  no sabe lo que esto puede costar.

El Sr. Kelada  avanza por el salón, dando unos pasitos cortos, pensativo, y golpeándose los nudillos, con la vista fija en un punto incierto.

Mientras yo, dejé mi mente  volar, no estoy aquí,  me he transportado a las horas del crepúsculo de ayer. Entonces; siento sus manos recorrer mi piel, sus labios besar mi cuerpo, palmo a palmo, cierro mis ojos, y dejo que la ensoñación, me inunde. Su aliento me roza, y escucho su voz, musita palabras a mi oído, dulces palabras, que no había escuchado jamás.  Mi boca se apresura a buscar la suya, y bebo de ella, todo ese anís generoso que me brinda. Voy surcando en su piel, mis deseos  profundos. Su huella va fraguando en mi espalda, en mi cuello, un placer embriagador  que me  envuelve.

Y en esa situación, voces airadas  me traen a la realidad.  Abro mis ojos, escucho el Sr. Kelada,  que ahora las imitaciones están muy bien hechas. Caigo en una somnolencia, el collar está en mí, lo palpo, no fue un sueño, no fue un delirio, entonces con la seguridad, que sólo da el amor y su locura, finjo no dar importancia a este hombre que me mira con ojos de duendecillo, quizás  tratando de vislumbrar cómo, lo he adquirido.
He bajado la vista en actitud sumisa,  haciendo notar que no me interesa nada de esto, quiero ir  a mi camarote, salir de esta situación desagradable, necesito revivir en mi mente  las horas de ayer. El barco se mueve, y me siento mareada. Mi esposo nota mi cansancio, y me mira con displicencia.

 Dejo brotar mis lágrimas que las atrapo en mi garganta.  ¡No pueden verlas ¡
Viví las mejores horas de mi existencia en un par de meses. Una pasión desbocada me encarceló a un cuerpo joven, vigoroso. Su manera de sonreírme, me hizo creer que estaba en el  paraíso. Sus gestos  cariñosos se adueñaron de mi alma, y  todo ese tiempo  giró en torno a él. Conocí la felicidad, y no me permití sentirme  culpable, traté de no pensar.

Cuando mi esposo me comunicó que vendría a buscarme para radicarnos en Kobe, ya que su puesto de trabajo allí sería definitivo, creí morir de dolor. Yo, en este año, sin él, era ahora, otra mujer, y la desesperanza hizo presa de mí. Volvería a ser  la Sra, Ramsay, oscura y diminuta mujer invisible.
No lo dudé, llamé a George, y le pedí que nos juntáramos en el café: The Bakery,  que quedaba en la Quinta Avenida a las  tres  con quince. Elegí mi vestido azul y coloqué en mis hombros la pañoleta  beige. Recogí  mis cabellos en un moño, debía empezar a ser la Sra. Ramsay. Al salir, en el hall,  me miré en el espejo, y no me gusté, solté mi pelo al viento, como lo había usado todo este tiempo.
  Esbozo una sonrisa, y  salgo para llamar un taxi.
Al encontrarnos nota en mí algo que lo inquieta, quiere saber qué me ocurre. Ha llegado  él, digo,  y debo irme a Kobe. Se produce un silencio, toma mi mano entre la suya, la besa con ternura. Sus ojos se enlutan, promete viajar, si yo lo permito. Le digo que no, no es posible, es una ciudad pequeña, y no tendré excusas  para salir. Nos miramos. Dame esta tarde, quiero quedarme con tu aroma dice suplicante.  Nos ponemos de pie, en un segundo sabemos lo que queremos. Nos vamos a nuestro refugio, allí en esa intimidad cautivante, nos besamos y pide que cierre mis ojos.

_ Traigo  un regalo, quiero lo lleves puesto como sello de nuestro amor.
_ ¿Un regalo? ¿Qué es amor?

Coloca en mis manos  una cajita, de terciopelo roja, la abro impaciente, un collar de perlas se presentó a mis ojos. No, no puedo recibirla, qué diré, ¿cómo le digo que la conseguí?
 _ ¡Ay! Dios mío, ¡qué hermosura!

Su mano suave desabrocha mi vestido, se desliza por mis caderas, las lleva a mi cuello, su respiración y su boca arden en mis oídos, mi cuerpo danza como ola embravecida, suaves vaivenes me sacuden, desfallecida siento como viste mi cuello con el collar de perlas.  Me besa con frenesí,  murmurando: tenlas  siempre contigo, piensa que me llevas a mí, serán mis besos los que te acaricien. Cada perla es un beso mío.

El collar de perlas como un torbellino se adhirió a su garganta, un fuego lento la despoja de toda cordura, se sumerge en un bosque de praderas verdes, quiere salir  corriendo, pero unas manos suplicantes la asieron por los hombros. Su mirada duele, y en su boca  descubre un rictus de amargura, un sabor amargo de beber el mordaz  veneno. Se  paraliza y sólo atina a besar su boca, una y otra vez hasta que los  labios  dolieron.

Anochecía  cuando salió de allí, el sol definitivamente se ha puesto hoy, traga saliva y avanza por la calle oscura y negra como su suerte.

Un chasquido de dedos la saca de sus pensamientos, se encuentra aún en el salón comedor, el Sr. Kelada la mira con curiosidad, ella percibe en esos ojos, una risita burlona, y mirando a su esposo, agrega: Mí estimado amigo Ramsay, ciertamente su esposa tiene buen gusto, no ha podido elegir un collar mejor que este, sus perlas falsas, y tan bien logradas  parecen legítimas, claro está que la belleza reside en el cuello de la Sra. que elegantemente las luce, en otra mujer, se notaría inmediatamente su burda  imitación.

Llevo mis manos al cuello, y recuerdo; cada perla que llevo, es uno de sus besos, y salgo en un ademán de cansancio. El día está gris, pero una suave brisa me dice que puede salir el sol.




sábado, 28 de julio de 2012

Tú lo sabes.


 Tú lo sabes.                                   Edith Moncada Monteiro
                        
                                                          Dentro de nosotros existe algo
                                                          que  no tiene nombre y eso es
                                                         lo que realmente somos.
                                                              José Saramago.


¡Mírame! Dijo sonriendo con un brillo especial en sus ojos verdes. Su cara de ángulos finos, presentaba una expresión que encandilaba.
_ ¿Qué te sucede?  ¡Estás temblando!
No contestó. La abracé riendo y besé sus labios. Cuéntame. ¿Qué pasa?
Vengo del médico, susurró. ¿Y? ¡Estoy embarazada, amor!
Me envolvió un frío que caló mis huesos y no se que expresión vio en mí, que dio un salto hacia atrás, se llevó las manos a la boca y me miró atónita.
¡No! dije No es posible. Un hijo ahora. Sería fatal. Debes  abortar Margot. No puedes tener un bebé, aún no es tiempo. Y pateé el suelo, de cólera. Ella lanzó a correr calle abajo. Margot grité, ya no escuchaba.  Una nube negra ocultó la luna, y en ese instante la perdí de vista.
Me quedé allí sin saber qué hacer. ¿Cuánto rato pasó? Tal vez unos segundos, pero lo sentí como una eternidad. El destino se reía de mí.
Había sido aceptado en la universidad, contaba con la beca y partiría a la capital a estudiar medicina. Sería médico como mi padre. Siempre lo había deseado. Y nada lo impediría. ¡Nada!

Con Margot nos habíamos criado juntos en el pueblo. Era mi adoración, pero un hijo ahora, no era posible. Esa noche hablé con mi padre. Y le pedí que me ayudara. El escuchó cabizbajo. Un hijo es algo serio. No puedes pedirle a Margot que aborte. Es una niña, podemos buscar otra solución. No quiero otra solución. Debo irme a estudiar tranquilo. ¡Padre comprende, ayúdame! Tú eres médico, haz que aborte, yo volveré y podremos casarnos y tener muchos hijos. Leo hijo, debemos considerar su opinión. Tú no puedes decidir por ella. Me enojé, grité, y mi padre en silencio. Toma el teléfono Leo, llámala, dile que venga. Hablaremos los tres. No va a venir padre, es terca, la conozco. Entonces ve tú, y tráela. Esta noche no, lo haré mañana. ¡No!, dijo mi padre,  sal a buscarla.  Mal humorado maldiciendo mi suerte, di  un portazo al salir. Margot, herida no quiso recibirme. Volví a mi casa y empaqué mis cosas. Yo me iría a la ciudad, debía estar allí en dos días.
De seguro mi padre la convencería, y todo pasaría pronto, además ella debía terminar el colegio, tenía dieciséis años. Toda una vida por delante. Y yo comenzar mi carrera. Era lo más importante.
La mañana que tomé el avión estuve solo. Nadie me despidió. Margot no quiso saber de mí. Emprendí el vuelo, tratando de no pensar, me sentía mal, pero no podía echar pie atrás.
 A los pocos días recibí carta de mi padre. Decía que no me preocupara. Ocúpate de tus estudios, a eso dedica todo tu tiempo. “Margot no espera ningún bebé”, pero sí, debes prepararte para calmar su dolor.
Me sentí aliviado.
 La vida de estudiante universitario, me absorbió por completo. Confieso que escribí dos o tres cartas a Margot, después simplemente no contesté a ninguna, las fui guardando y nunca las leí.
En los veranos  me quedé trabajando en la ciudad, evité  volver al pueblo. Llamaba a mi padre por teléfono y así manteníamos  nuestra comunicación. Me olvidé de Margot. Los estudios  intensos no me daban tregua. Sin darme cuenta me fui quedando en la ciudad año tras año. Hasta que obtuve mi título.
 Conocí a Carolina, elegante, sofisticada, pediatra, dos años mayor que yo. Su personalidad arrebatadora, me enamoró. Después de un año de romance decidimos vivir juntos y nuestra vida  es perfecta.
Hoy después de un intenso día, me he tirado en el sofá, deseo descansar. Carolina tiene turno en el hospital, y no llegará hasta mañana.  Con un vaso de Whisky en la mano, observo por el ventanal la luna. Estoy a oscuras, anocheció. Esa luna, me ha traído el recuerdo de Margot. Así estaba esa noche de nuestra última conversación. Evoco sus ojos verdes, los veo tristes, una extraña sensación me invade, nunca antes la tuve. Pensar que  no me ocupé de ella. Seguramente se casó, tiene una vida hecha, y  feliz. En el fondo de mi alma deseé que así fuera. Quizás para sacarme la culpa que estaba sintiendo, para expiar mi falta y abandono, bebí unos sorbos y se presentó en mi mente mi padre.  Qué ingrato he sido, aunque se que está bien, no me he ocupado de visitarlo. Una llamada telefónica me saca de mis pensamientos, sobresaltado me refriego los ojos, decido no contestar. Tal vez sea una atención domiciliaria, no quiero atender, está noche estoy sumido en mis recuerdos. Bebo otra copa, subo al dormitorio, y me tiendo en la cama.
En la mañana ha vuelto a sonar insistentemente el teléfono. Me avisan que tratan de ubicarme, mi padre está mal. Carolina mi mujer, prepara mi equipaje, volaré en la tarde.

He llegado al pueblo, parece que el tiempo se hubiese detenido. Todo está igual. La tarde brumosa me recibe, siento como si volviera al pasado. Detengo un taxi y me dirijo a casa.
Noto que la puerta está entre abierta, como esperándome. Avanzo, recorro la casa, está fría. Por el pasillo, veo una tenue luz, es el resplandor de un cirio encendido, viene del dormitorio de mi padre. Al entrar lo veo sentado en la cama, sonriéndome. Alarga sus brazos para abrazarme. ¡Hijo, por fin has llegado! Sus ojos se ven  vidriosos  y apagados. Su palidez es extrema. Acerco una silla, y me coloco frente a él. Siempre  sonriéndome,  con esa generosidad en la mirada  que lo caracteriza.
Necesitaba verte hijo, explicarte algunas cosas, hace  tiempo que debí hacerlo. Padre digo intentando pedir disculpas.
Hijo entiendo, la vida es difícil, te lleva por extraños senderos, pero al final te devuelve al lugar de partida. Se que ya eres  médico, te has esforzado para lograrlo.
Supe que te has comprometido. ¿Ella ha venido?  No padre.  Es mejor así dice  sonriendo.  ¿Tienes hijos leo? No padre, es algo que no, nos preocupa.
¿Has pensado alguna vez en Margot? Lo preguntó así sin preámbulos. Padre es algo que me avergüenza, y no se cómo remediarlo.
Ella siempre esperó por ti, nunca te olvidó. Me puse de pie y caminé por la habitación. Él notó mi nerviosismo, y dijo: Leo, ¿ves esa cajita azul  encima de la cómoda? Pásamela, ¡por favor!, tengo allí algo para ti. La abre y saca una medalla con una cadena, la pone en mis manos y dice: mañana, la abres. En ese instante escucho el reloj de pared dar las seis con treinta. ¡Ese viejo reloj me recuerda mi niñez!
 Obedezco y la guardo en mi bolsillo. Sus ojos inspeccionan, y con voz quejumbrosa murmura: ¡Ella se fue esperándote!  Desde que partió no he podido recuperarme. Estaba bien ¿sabes? Y de un momento a otro, su corazón dejó de latir. Sólo tenía veintiocho años.
Siento que  falta el aire, me quedo sin palabras. Me acerco a él y le digo. ¡Padre perdóname! Hijo, no tengo nada que perdonar. Escucho su voz diciendo: “Fuiste su gran amor” Bueno, eso: “Tú lo sabes” Bajé la mirada.
La tos de mi padre no lo deja seguir. Y entre tos y tos dice: Leo hay una pequeña herencia, está en un seguro de vida que tomé hace algunos años, quiero que te hagas cargo, por si algo me pasa.  Esa herencia tiene un destinatario. Ahora ve al hotel del pueblo hijo. Allí estarás cómodo. Vuelve por la mañana.  Pregunto: ¿Alguien te cuida padre? Sonríe, no necesito cuidados.  Sólo, quiero descansar, déjame por esta noche,  ya por la mañana   estaré bien.  Lo abrazo y prometo volver temprano.

Mi cabeza va a  estallar. Margot  muerta.   ¿Por qué? ¿Qué había sucedido…? Mañana tendríamos  mucho de qué hablar.  Buscaré su tumba, me dije y   pediré  perdón  si es que existe el perdón.
Esa noche  dormí mal,  mi cabeza daba vueltas y los pensamientos  no me dejaban descansar.  Tenía un infierno en mí. Al amanecer no pude más, me metí al baño, y me di una ducha fría,  debía tener mi mente fresca.  Tenía mucho que hablar con mi padre.
 Al salir del hotel, un taxi me recoge, son las ocho con menos diez. Ya en  casa, empujo la puerta no abre tiene cerrojo. Me desconcierto. Una voz a mi espalda dice: ¿Leonardo?  ¿Eres Leonardo Viae? ¡Sí!, digo, el mismo. ¡Hombre, eres igual a tu padre cuando tenía tu edad! ¿Me recuerdas? Trato de recordar. No importa, dice yo sí, te recuerdo.
 Me abraza. Mi más sentido pésame. Tú padre fue un hombre excepcional. No, digo, mi padre no ha muerto,  Está enfermo eso sí. Anoche estuve con él.
¿Anoche? Siento decirte que eso no es posible, tu padre falleció anteayer. Desde ayer en la mañana, está siendo velado en la capilla “Nuestra Señora de la Misericordia
Intento explicarle que hay un error, yo estuve ayer con él, estuve en su dormitorio y conversamos, busco en mi bolsillo la prueba, me entregó esta cadena,  el reloj de pared justo marcó las seis con treinta.  Lo recuerdo perfectamente.   La puse en su mano, y él dijo; “Margot y Leonardo”  El chico tiene doce años, pero claro, eso tú lo sabes, si es tu hijo.  Ven vamos a la capilla,  verás al niño, nadie ha podido sacarlo del ataúd de su abuelo. Pobre niño, ha sido un duro golpe, primero su madre y ahora su abuelo Los tres eran uno sólo. Pero por suerte  ahora te tiene a ti.




 Autor: Edith Moncada Monteiro

miércoles, 18 de abril de 2012

Muerte

Lágrimas se deslizan
silenciosas
no quiero vertirlas,
 y ellas  burlonas
delatan mi dolor,
maliciosas,pervertidas
acuden sin causa aparente
revelando
que la vida va muriendo
esfumando
a cada instante,
no hay esperanza
que las detenga,
no hay fuerza que las devore
se mofan,
se divierten, y ya me tienen
a un paso
de tus brazos.
muerte,
ven  que  nada
ya importa
he comprendido, 
la ilusion se pierde
y la pasión se extingue
entonces ven y llévame
al silencio donde ya nada
se teme,porque
nada se tiene.

Suyai


,




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La casa de los poetas

La casa de los poetas

sábado, 31 de marzo de 2012

El juramento


El juramento         Edith Moncada
                              
                                “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, 
                            te bajaré a la tierra humilde y soleada”. 

                                            Gabriela Mistral
                       

Le había amado con locura. ¿Por qué se ama en demasía  a otro? ¿Por qué tener el pensamiento concentrado en un solo ser, habiendo tantos? ¿Por qué repetir su nombre en silencio, callada para que nadie se entere? Repetir ese nombre en el alma, en la boca, continuamente como agua que cae de un manantial, y escuchar el sonido que se siente. Así taciturna, temblando no de frío, ni de pena, temblando porque se quiere, porque se ama.
Le amé como a ninguno, aunque hubo otros que si me amaron, pero eso es otra historia.
Le conocí y le amé. Le amé  como niña, como adolescente y luego como mujer. Me encumbré a sus brazos y me tomé de su cuello para enlazarlo a mi boca y ofrecerle mis besos. Viví con él cada minuto como si fuera un año entero. Si dormida estaba, el estaba en mi cuerpo, en mi cabeza, en mis pensamientos. Día y noche su voz, su cara, sus manos en mí, y yo en él.
Así pasó más de un año. Nuestro amor  fuego intenso. ¿Qué quién amó más? eso no tiene peso. Nos amábamos y el mundo en esos instantes  era nuestro, tan nuestro como el aire que respirábamos.
Y un día el murió, ¿Cómo? No lo se, hace tiempo que no se nada.

 Una noche llegó a  su casa muy mojado, porque llovía  torrencialmente, y a toda hora tosía, y tosía. Tosió durante una semana, tuvo que guardar cama.
Nadie me contó nada, no había  como contarlo. Dicen que el médico recetó medicinas, Sus ojos  brillaban de fiebre, y su mirada era triste. Sus manos temblorosas y su cuerpo caliente, sudaba y su ropa olía a dolor.
Cuando un hijo lo visitó le preguntó qué sentía, sus ojos  lloraban. Entonces le preguntó si quería llamar a alguien, pero  dicen que no dijo nada. Eso parece, ya no recuerdo bien  si fue así lo que supe después.
Yo, en su ausencia me volví loca de amor, no sabía lo que pasaba, y mi cabeza hacía conjeturas y nada me parecía  real. Esperé, esperé días  y noches muriendo de agonía, en mi corazón presentía algo malo, que algo pasaba, pero ¿qué era?,  no lo podía sospechar.
Mi desventura empeoró. Salí a buscarlo y no supe donde buscar.
Cuando dio el último suspiro, no lo acompañé. ¡Ay! Dios  ¡qué dolor!
Cuando lo supe, estaba ya enterrado, enterrado. ¡Ay! ¡Dios mío!, ¡Dios mío!
Mis lágrimas  inundaron la ciudad, corrí como loca, por calles que  nos habían visto pasar, grité su nombre al viento, muchas veces, muchas  veces,  hasta que mi voz se apagó.
 Deambulé maldiciendo las horas  que no estuve con él. Nadie supo de mi pena, nadie supo de mi dolor, todos pasaban sin mirarme  y el que miraba movía la cabeza creyéndome  loca.
Llegué a mi casa esa tarde, en que yo, no era yo. Era una sombra de lo que había sido.
Me  detuve frente  al espejo donde me contemplaba cuando salía a su encuentro. Mis ojos clavados en el cristal buscaron los suyos, busqué  sus manos  al tocarme, sus labios al besarme su aliento al decirme amor. No había nadie allí, estaba sola yo, el espejo me miró burlón. Alcé mi dedo y toqué el espejo tan frío  que me entumecí.
¡Oh!  Cuánto dolor  puede soportar el alma.

¿Por qué  él?  ¿Por qué  no yo? Mi conciencia  gritó, no lo puedo repetir.
Sufro de manera indecible, ya no hay sonrisa para mis labios, nada la hará  sonreír. Te has ido amor mío, te has ido  y no me lo dijiste.

Por la noche al intentar dormir, me vino tu imagen. En el ataúd, inerte, frío. Y ahora bajo tierra, descompuesto ¡Qué  horrible! Mis  sollozos  se escuchaban en toda la cuadra.
Me levanté , caminé  sin saber a dónde ir, sin desearlo siquiera  mis pasos me llevaron al cementerio.

Encontré su tumba, una cruz de cuarzo blanco decía; “Amó   y  murió amando a su mujer” 
Me senté en el suelo, y te hice mi juramento;
 “Amarnos  hasta más  allá de la muerte”
Qué importa que nadie lo supiera, yo si sabía que tú me amabas y eso era  suficiente.
Me levanté después  de muchas horas de no entender nada. Mis ojos  cansados de llorar recorrieron las tumbas estaban por todas partes, y el silencio, brutal. Me alejé sin saber a donde mis pasos me llevaban.
Me di cuenta que allí no había nada, no, tú no estabas aquí. Aquí sólo estaba tu nombre. Tu alma,  tu esencia permanecía conmigo, la sentía, lágrimas  de  felicidad me inundaron, y me aquieté…Miré a todos lados, vi cruces viejas carcomidas por el tiempo, flores  marchitas olvidadas  como aquellas tumbas. Unos rosales a lo lejos  vislumbré,  alimentados me dije  con  carne humana y fluidos que seguramente las raíces  buscaban para poder vivir, ¡oh!  qué loco pensamiento.
Cuando empezó a oscurecer, me refugié al lado  de una tumba, y me escondí entre las frondosas  y sombrías  ramas de un  árbol. ¿Para qué? No lo se. Hay cosas que ya no  tengo claras.
Cuando la luna asomó,  me sentí libre para abandonar mi refugio, y eché a andar lentamente, sutilmente, hacia el lugar donde dormías. Anduve sin miedo, nada  me turbaba.
Pronto  me di cuenta  que estaba perdida, no podía  encontrar la tumba de mi amado. Seguí el sendero, mis ojos  miraban los nombres y el suyo no aparecía. Toqué  lápidas, cruces, di vuelta floreros en busca del suyo. Me puse de rodillas y gateé como una niña en busca de mi amado. Se hizo de noche  y no la encontré.
 Cuando pasaron los minutos me vino el miedo, la oscuridad y el silencio me sobrecogió. Salté de tumba en tumba, en todas partes  tumbas, aparecían como hormigas ante mí.
Mi corazón latía  fuerte, escuchaba mi propia respiración, agitada en frenética búsqueda.
Y entonces  oí algo más. ¿Qué? Un ruido difuso, indefinible.  ¿Qué pasaba, era mi cabeza o venía de  debajo de la tierra? Pero debajo no hay nadie  me dije, están todos  muertos. Y los muertos  no hacen ruido. Me quedé temblando. ¿Cuánto tiempo? Segundos quizás, pero lo sentí eternos. Mis ojos miraban con terror, algo me decía que huyera, pero mis piernas  no me obedecían. Pensé que me daría un ataque y moriría allí  mismo.
 De pronto  un leve temblor. Tiembla me dije, y agudicé  mi vista y el oído. Sentí que la losa de mármol donde estaba arrodillada se movía. Se movía  como si alguien quisiera  correrla, y supe que no era  temblor. Di un salto que me llevó a otra tumba vecina, y vi, ¡sí!  ¡vi! claramente como se levantaba.  Luego apareció  el muerto en sus ojos había dolor. Lo noté  a pesar de que estaba a  cierta distancia. En la cruz de su lápida leí.

“Aquí yace Jaime Olivares, que murió a la edad de cincuenta  y tres años. Amó a su familia, fue bueno y murió en la gracia de Dios”.

El muerto cogió una piedra pequeña y puntiaguda que estaba en el suelo, y empezó a borrar las letras con prolijidad. Las borró una a una .Con su dedo que ahora era un hueso filudo, y empezó a  escribir:

¡”Aquí yace Jaime Olivares, que murió a la edad de cincuenta y tres años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba su dinero. Torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus amigos, robó sin escrúpulos y murió en pecado mortal”

Miré a mí alrededor  y vi que todas las tumbas estaban abiertas. Todos los muertos habían salido de ellas,  y que todos  habían hecho  lo mismo. Sustituían lo escrito por la verdad. Leí que todos habían sido malos, deshonestos, qué habían robado, calumniado, hijos ingratos. Se habían burlado del amor. Todos los que decían haber sido fieles, no lo fueron, aquellos buenos  padres tampoco, todos escribían su verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras  estuvieron con vida.
Pensé que también él había escrito en su tumba. Y ahora corriendo con mi corazón agitado angustiado pasé por  tumbas medio abiertas entre  aquellos muertos, cadáveres  y esqueletos que estaban en mi camino. Lo encontré,  estaba igual a cómo lo había visto  apenas dos semanas atrás. Parado frente a su cruz.
Y donde decía:
 “Amó y murió amando a su mujer”

Ahora leí:

“Habiendo salido un día de lluvia para encontrarse con su amada, pilló una pulmonía y murió.”

Dicen los que me encontraron al día siguiente abrazada a su cruz, que la tenía  agarrada  a mi corazón. Dormida, totalmente fría y a punto de morir entumecida. Eso dicen porque yo, hace tiempo que no se nada.


miércoles, 21 de marzo de 2012

Mi sonata

Mi mano tiembla no de frío
de dolor por los años perdidos
que tuvimos los dos.
Mi boca seca no sabe de dulzor
perdió su encanto 
cuando no supo de tu boca 
que era mi refugio, 
mi sonata de amor.

Suyai Edith Chile

viernes, 13 de enero de 2012

Amar

Amar es entregarse a la vida,
hundirse en un mar de placeres
donde todo se  detiene
y todo se pierde.
Amar es cantar con voz de oro
donde crece la alegría
y se pierde la tristeza
donde al momento  lloras
y al siguiente besas.
Amar es vivir  intensamente
sentir y no cuestionarse
es superar los  miedos, 
vencer la muerte.
Es saltar los abismos
porque uno quiere y cree.
Amar con fe de hierro
e intuitivamente,
amar rompiendo barreras
prejuicios y estar demente.
Volar sin alas
para luego morir lentamente.