Edith
Moncada Monteiro
Cada
perla es un beso.
Y en medio de la discusión, sobre
la legitimidad o no de las perlas, me
sentí presa de un escozor, que mantuvo mi mentón por un instante
tembloroso, logré disimular, cogiendo entre mis dedos las perlas del collar que cubría mi cuello. Quise
levantarme e ir a
cubierta, para tomar aire fresco, justo en ese instante, el Sr. Kelada, aseguró
reconocerlas. Mis ojos
mantuvieron la mirada de frente y con modestia, dije, que eran falsas, pues las había comprado
ayer mismo, al pasar por una
tienda.
_ ¡Le dije hombre! ,
imposible no serlas, aclaró, mi esposo
en un tono burlón.
Sin embargo, este hombre, me dio
una mirada inquisitiva, le devolví su mirada
suplicante, y me dije, por favor,
que no siga, no sabe lo que esto puede
costar.
El Sr. Kelada avanza por el
salón, dando unos pasitos cortos, pensativo, y golpeándose los nudillos, con la
vista fija en un punto incierto.
Mientras yo, dejé mi mente volar, no estoy aquí, me he transportado a las horas del crepúsculo
de ayer. Entonces; siento sus manos recorrer mi piel, sus labios besar mi
cuerpo, palmo a palmo, cierro mis ojos, y dejo que la ensoñación, me inunde. Su
aliento me roza, y escucho su voz, musita palabras a mi oído, dulces palabras,
que no había escuchado jamás. Mi boca se
apresura a buscar la suya, y bebo de ella, todo ese anís generoso que me
brinda. Voy surcando en su piel, mis deseos
profundos. Su huella va fraguando en mi espalda, en mi cuello, un placer
embriagador que me envuelve.
Y en esa situación, voces
airadas me traen a la realidad. Abro mis ojos, escucho el Sr. Kelada, que ahora las
imitaciones están muy bien hechas. Caigo en una somnolencia, el collar está en
mí, lo palpo, no fue un sueño, no fue un delirio, entonces con la seguridad,
que sólo da el amor y su locura, finjo no dar importancia a este hombre que me
mira con ojos de duendecillo, quizás
tratando de vislumbrar cómo, lo he adquirido.
He bajado la vista en actitud
sumisa, haciendo notar que no me
interesa nada de esto, quiero ir a mi
camarote, salir de esta situación desagradable, necesito revivir en mi
mente las horas de ayer. El barco se
mueve, y me siento mareada. Mi esposo nota mi cansancio, y me mira con
displicencia.
Dejo brotar mis lágrimas que las atrapo en mi
garganta. ¡No pueden verlas ¡
Viví las mejores horas de mi
existencia en un par de meses. Una pasión desbocada me encarceló a un cuerpo
joven, vigoroso. Su manera de sonreírme, me hizo creer que estaba en el paraíso. Sus gestos cariñosos se adueñaron de mi alma, y todo ese tiempo giró en torno a él. Conocí la felicidad, y no
me permití sentirme culpable, traté de
no pensar.
Cuando mi esposo me comunicó que
vendría a buscarme para radicarnos en Kobe,
ya que su puesto de trabajo allí sería definitivo, creí morir de dolor. Yo, en
este año, sin él, era ahora, otra mujer, y la desesperanza hizo presa de mí.
Volvería a ser la Sra , Ramsay, oscura y diminuta mujer
invisible.
No lo dudé, llamé a George, y le pedí que nos juntáramos en
el café: The Bakery, que quedaba en la Quinta Avenida a las
tres con quince. Elegí mi vestido azul y coloqué en
mis hombros la pañoleta beige.
Recogí mis cabellos en un moño, debía
empezar a ser la Sra. Ramsay. Al salir, en
el hall, me miré en el espejo, y no me
gusté, solté mi pelo al viento, como lo había usado todo este tiempo.
Esbozo una sonrisa, y salgo para
llamar un taxi.
Al encontrarnos nota en mí algo
que lo inquieta, quiere saber qué me ocurre. Ha llegado él, digo,
y debo irme a Kobe. Se
produce un silencio, toma mi mano entre la suya, la besa con ternura. Sus ojos
se enlutan, promete viajar, si yo lo
permito. Le digo que no, no es posible, es una ciudad pequeña, y no tendré
excusas para salir. Nos miramos. Dame
esta tarde, quiero quedarme con tu aroma dice suplicante. Nos ponemos de pie, en un segundo sabemos lo
que queremos. Nos vamos a nuestro refugio, allí en esa intimidad cautivante,
nos besamos y pide que cierre mis ojos.
_ Traigo un regalo, quiero lo lleves puesto como sello
de nuestro amor.
_ ¿Un regalo? ¿Qué es amor?
Coloca en mis manos una cajita, de terciopelo roja, la abro
impaciente, un collar de perlas se presentó a mis ojos. No, no puedo recibirla,
qué diré, ¿cómo le digo que la conseguí?
_ ¡Ay! Dios mío, ¡qué hermosura!
Su mano suave desabrocha mi
vestido, se desliza por mis caderas, las lleva a mi cuello, su respiración y su
boca arden en mis oídos, mi cuerpo danza como ola embravecida, suaves vaivenes
me sacuden, desfallecida siento como viste mi cuello con el collar de
perlas. Me besa con frenesí, murmurando: tenlas siempre contigo, piensa que me llevas a mí,
serán mis besos los que te acaricien. Cada perla es un beso mío.
El collar de perlas como un
torbellino se adhirió a su garganta, un fuego lento la despoja de toda cordura,
se sumerge en un bosque de praderas verdes, quiere salir corriendo, pero unas manos suplicantes la
asieron por los hombros. Su mirada duele, y en su boca descubre un rictus de amargura, un sabor
amargo de beber el mordaz veneno. Se paraliza y sólo atina a besar su boca, una y
otra vez hasta que los labios dolieron.
Anochecía cuando salió de allí, el sol definitivamente
se ha puesto hoy, traga saliva y avanza por la calle oscura y negra como su
suerte.
Un chasquido de dedos la saca de
sus pensamientos, se encuentra aún en el salón comedor, el Sr. Kelada la mira con curiosidad, ella percibe en esos ojos, una
risita burlona, y mirando a su esposo, agrega: Mí estimado amigo Ramsay, ciertamente su esposa tiene
buen gusto, no ha podido elegir un collar mejor que este, sus perlas falsas, y
tan bien logradas parecen legítimas,
claro está que la belleza reside en el cuello de la Sra. que elegantemente las
luce, en otra mujer, se notaría inmediatamente su burda imitación.
Llevo mis manos al cuello, y
recuerdo; cada perla que llevo, es uno de sus besos, y salgo en un ademán de
cansancio. El día está gris, pero una suave brisa me dice que puede salir el
sol.





