miércoles, 5 de septiembre de 2012

La señora del collar de perlas.


                                                Edith Moncada Monteiro               
                                                          

                                                Cada perla es un beso. 



Y en medio de la discusión, sobre la legitimidad o no de las perlas, me  sentí presa de un escozor, que mantuvo mi mentón por un instante tembloroso, logré disimular, cogiendo entre mis dedos las  perlas del collar que cubría mi cuello. Quise levantarme e  ir  a  cubierta, para tomar aire fresco, justo en ese instante, el Sr. Kelada, aseguró  reconocerlas. Mis ojos  mantuvieron la mirada de frente y con modestia, dije,  que eran falsas, pues las había  comprado  ayer  mismo, al pasar por una tienda.

_ ¡Le dije hombre! , imposible  no serlas, aclaró, mi esposo en un tono burlón.

Sin embargo, este hombre, me dio una mirada inquisitiva, le devolví su mirada  suplicante, y me dije, por favor, que no siga,  no sabe lo que esto puede costar.

El Sr. Kelada  avanza por el salón, dando unos pasitos cortos, pensativo, y golpeándose los nudillos, con la vista fija en un punto incierto.

Mientras yo, dejé mi mente  volar, no estoy aquí,  me he transportado a las horas del crepúsculo de ayer. Entonces; siento sus manos recorrer mi piel, sus labios besar mi cuerpo, palmo a palmo, cierro mis ojos, y dejo que la ensoñación, me inunde. Su aliento me roza, y escucho su voz, musita palabras a mi oído, dulces palabras, que no había escuchado jamás.  Mi boca se apresura a buscar la suya, y bebo de ella, todo ese anís generoso que me brinda. Voy surcando en su piel, mis deseos  profundos. Su huella va fraguando en mi espalda, en mi cuello, un placer embriagador  que me  envuelve.

Y en esa situación, voces airadas  me traen a la realidad.  Abro mis ojos, escucho el Sr. Kelada,  que ahora las imitaciones están muy bien hechas. Caigo en una somnolencia, el collar está en mí, lo palpo, no fue un sueño, no fue un delirio, entonces con la seguridad, que sólo da el amor y su locura, finjo no dar importancia a este hombre que me mira con ojos de duendecillo, quizás  tratando de vislumbrar cómo, lo he adquirido.
He bajado la vista en actitud sumisa,  haciendo notar que no me interesa nada de esto, quiero ir  a mi camarote, salir de esta situación desagradable, necesito revivir en mi mente  las horas de ayer. El barco se mueve, y me siento mareada. Mi esposo nota mi cansancio, y me mira con displicencia.

 Dejo brotar mis lágrimas que las atrapo en mi garganta.  ¡No pueden verlas ¡
Viví las mejores horas de mi existencia en un par de meses. Una pasión desbocada me encarceló a un cuerpo joven, vigoroso. Su manera de sonreírme, me hizo creer que estaba en el  paraíso. Sus gestos  cariñosos se adueñaron de mi alma, y  todo ese tiempo  giró en torno a él. Conocí la felicidad, y no me permití sentirme  culpable, traté de no pensar.

Cuando mi esposo me comunicó que vendría a buscarme para radicarnos en Kobe, ya que su puesto de trabajo allí sería definitivo, creí morir de dolor. Yo, en este año, sin él, era ahora, otra mujer, y la desesperanza hizo presa de mí. Volvería a ser  la Sra, Ramsay, oscura y diminuta mujer invisible.
No lo dudé, llamé a George, y le pedí que nos juntáramos en el café: The Bakery,  que quedaba en la Quinta Avenida a las  tres  con quince. Elegí mi vestido azul y coloqué en mis hombros la pañoleta  beige. Recogí  mis cabellos en un moño, debía empezar a ser la Sra. Ramsay. Al salir, en el hall,  me miré en el espejo, y no me gusté, solté mi pelo al viento, como lo había usado todo este tiempo.
  Esbozo una sonrisa, y  salgo para llamar un taxi.
Al encontrarnos nota en mí algo que lo inquieta, quiere saber qué me ocurre. Ha llegado  él, digo,  y debo irme a Kobe. Se produce un silencio, toma mi mano entre la suya, la besa con ternura. Sus ojos se enlutan, promete viajar, si yo lo permito. Le digo que no, no es posible, es una ciudad pequeña, y no tendré excusas  para salir. Nos miramos. Dame esta tarde, quiero quedarme con tu aroma dice suplicante.  Nos ponemos de pie, en un segundo sabemos lo que queremos. Nos vamos a nuestro refugio, allí en esa intimidad cautivante, nos besamos y pide que cierre mis ojos.

_ Traigo  un regalo, quiero lo lleves puesto como sello de nuestro amor.
_ ¿Un regalo? ¿Qué es amor?

Coloca en mis manos  una cajita, de terciopelo roja, la abro impaciente, un collar de perlas se presentó a mis ojos. No, no puedo recibirla, qué diré, ¿cómo le digo que la conseguí?
 _ ¡Ay! Dios mío, ¡qué hermosura!

Su mano suave desabrocha mi vestido, se desliza por mis caderas, las lleva a mi cuello, su respiración y su boca arden en mis oídos, mi cuerpo danza como ola embravecida, suaves vaivenes me sacuden, desfallecida siento como viste mi cuello con el collar de perlas.  Me besa con frenesí,  murmurando: tenlas  siempre contigo, piensa que me llevas a mí, serán mis besos los que te acaricien. Cada perla es un beso mío.

El collar de perlas como un torbellino se adhirió a su garganta, un fuego lento la despoja de toda cordura, se sumerge en un bosque de praderas verdes, quiere salir  corriendo, pero unas manos suplicantes la asieron por los hombros. Su mirada duele, y en su boca  descubre un rictus de amargura, un sabor amargo de beber el mordaz  veneno. Se  paraliza y sólo atina a besar su boca, una y otra vez hasta que los  labios  dolieron.

Anochecía  cuando salió de allí, el sol definitivamente se ha puesto hoy, traga saliva y avanza por la calle oscura y negra como su suerte.

Un chasquido de dedos la saca de sus pensamientos, se encuentra aún en el salón comedor, el Sr. Kelada la mira con curiosidad, ella percibe en esos ojos, una risita burlona, y mirando a su esposo, agrega: Mí estimado amigo Ramsay, ciertamente su esposa tiene buen gusto, no ha podido elegir un collar mejor que este, sus perlas falsas, y tan bien logradas  parecen legítimas, claro está que la belleza reside en el cuello de la Sra. que elegantemente las luce, en otra mujer, se notaría inmediatamente su burda  imitación.

Llevo mis manos al cuello, y recuerdo; cada perla que llevo, es uno de sus besos, y salgo en un ademán de cansancio. El día está gris, pero una suave brisa me dice que puede salir el sol.